Cuentan los que saben (Herodoto, entre ellos) que los habitantes de esa maravillosa tierra egipcia tenían por sagrados a una cantidad abrumadora de animales, prácticamente todos los animales eran adorados al menos en alguna parte del territorio y los peces, eran los más sagrados de todos.
Estos animales, como todos sabemos, se mueven de costado a la visión humana, en las peceras, en los acuarios y demás lugares los vemos siempre de costado y así entendemos que los egipcios los admiraban y de este modo reflejaron su adoración en todos sus dibujos. Ellos aducían en tantísimos templos, ¡"Nunca se ven los pecesitos derechos! Si ellos no se ven derechos nosotros tampoco"
No encontraron mejor forma de demostrarles la adoración que dibujándose a ellos mismos tal como veían siempre a los peces, de este modo se aseguraban buenas pescas en las crecidas del Nilo.
Ésto traía problemas en la vida cotidiana, cuando las mujeres exigían de sus amantes que las mirasen a los ojos y éstos se negaban debido a posibles castigos divinos. Cuentan los libros el siguiente diálogo: Mirame a los ojos Jakaura-Senusert (nuestro viejo amigo). A lo que Jakaura-Senusert respondía: "¡Mujer! ¿Cómo osas pedirme que te mire de frente? ¿No sabes tú que la mirada del hombre no debe ir nunca hacia adelante al hablar con su mujer? ¡Nunca se ven los pecesitos derechos! Si ellos no se ven derechos nosotros tampoco. ¡Oh! ¡Que los dioses perdonen tu oprobio, pues yo, Jakaura-Senusert nunca lo haré! Ahora, ¡besame buacha!
Fuente: Los nueve libros de la Historia, libro segundo. Herodoto.
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